jueves, 26 de mayo de 2011

SIMÓN BOLÍVAR, ¿LIBERAL O SOCIALISTA?

Un auténtico ícono liberal utilizado indebidamente por quienes dicen ser "socialistas", es sin duda Simón Bolívar, leamos su pensamiento en los siguientes artículos:

Simón Bolívar y su ideario liberal: Una respuesta al socialismo del siglo XXI

Ramón Rivas Aguilar

Martes, 10 de febrero de 2009

Simón Bolívar consideraba la libertad política y económica el fundamento de toda nación libre y soberana. La propiedad privada constituía uno de los factores esenciales para promover el bienestar material y cultural de los pueblos. Jamás pasó por su mente un intento de socialización de los medios de producción; jamás. Por tanto, un Bolívar “socialista” estaría en contradicción con su espíritu liberal que revelaba la grandeza política del pueblo inglés y norteamericano. Para él, la Inglaterra gloriosa (1688) expresaba un proyecto liberal y destacaba la importancia del desarrollo material mediante la acción libre de los individuos.
Pertenecía a una aristocracia que poseía vastas cantidades de tierras productivas; tierras que dependían del esfuerzo y el sudor de sus esclavos. A pesar de que en sus discursos y proclamas no se planteara la abolición de la esclavitud en la provincia de Venezuela, no deja de ser interesante el esfuerzo del libertador por liberar a los esclavos a través de un conjunto de medidas legislativas. La guerra emancipadora contribuyó de alguna manera para poner en libertad a una cantidad de esclavos y así enrolarlo en el ejército republicano. En todo caso, fue José Gregorio Monagas, un caudillo, que puso fin a un sistema tan perverso e inicuo como el sistema de esclavitud en el año de 1854. El propósito de la emancipación tuvo su razón de ser en la defensa y protección de los derechos naturales. Es decir, la defensa de la vida, de la propiedad privada y de la libertad política y económica. Por ello, la Carta de Jamaica (1815), el Congreso de Angostura (1819) y la Constitución de Bolivia (1826) manifestaban, en el fondo, la defensa de la propiedad privada y su rol en la grandeza de las naciones. Basta mencionar el articulado que tiene que ver con el derecho de la propiedad en la en la Constitución Política, promulgada el 11 de agosto de 1819:
Artículo 12. La propiedad es el derecho de gozar y disponer libremente de sus bienes y del fruto de sus talentos, industria y trabajo.
Articulo 13. La industria de los ciudadanos puede libremente ejercitarse en cualquier género de trabajo, cultura y comercio.
Artículo 14. Todo hombre hábil para contratar puede empeñar y comprometer sus servicios y su tiempo; pero no puede venderse ni ser vendido. En ningún caso puede ser el hombre una propiedad enajenable (Fundación para la Conmemoración del Bicentenario del Natalicio y el Sesquicentenario de la Muerte del General Francisco de Paula Santander. Actas del Congreso de Angostura (1819-1820. Biblioteca de la Presidencia de la República, Colombia, Bogotá, 1988. p. 147
Por ejemplo, La Campaña Admirable (1813), una de las hazañas políticas más significativas de la historia americana, se debió a tan sagrado propósito. Bolívar vio con temor y desconcierto como las huestes del ejército español destruían las vidas y las propiedades en nuestra provincia. Había que frenar esa postura agresiva, salvaje y monstruosa. Por otro lado, El Libertador jamás tuvo la intención de repartir sus propiedades a los más necesitados y más desposeídos. Y, menos aún, aceptar la idea oficial de un Bolívar pobre e indigente. Una postura radicalmente equivocada. Sobre este punto, el historiador venezolano Juan Morales Álvarez en su libro El mayorazgo del padre Aristiguieta: Primera herencia del Libertador, describe con detalles la magnitud de los bienes que Simón Bolívar heredó de su familia y que conservó hasta su muerte:
Muchas veces hemos leído afirmaciones categóricas sobre la inmensa fortuna que poseyó el Libertador, mantuano rico, emparentado con las familias más poderosas de la provincia de Venezuela. En infinidades de ocasiones se ha escrito sobre la pobreza en que se encontraba cuando dictó sus disposiciones testamentarias, en la quinta de San Pedro Alejandrino. La verdad en que Simón Bolívar efectivamente fue uno de los hombres más ricos de la Venezuela colonial y no murió tan pobre como corrientemente se afirma (El mayorazgo del padre Aristiguieta: Primera herencia del Libertador. Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia. Fuentes para la historia colonial de Venezuela, Caracas 1999, p. 55).
En cuanto al tema de las invasiones y la apropiación ilegal de propiedades, tan evidente en la historia de Venezuela, la familia de Bolívar tampoco escapó a ese factor político y social tan perjudicial al desarrollo de la propiedad privada. Veamos.
Una de las situaciones más difíciles que tuvo que enfrentar la madre de Bolívar, fue relacionada con las minas de Aroa. Estas fueron heredadas por la madre de Simón Bolívar. No obstante, los pleitos por la delimitación de las tierras donde estaban ubicadas y las invasiones afectaron emocionalmente a la madre de Bolívar. Sufría al ver como otros propietarios y oportunistas querían apropiarse de manera indebida e ilegítimamente de esas minas. En tal sentido, ante el Rey de España hizo un reclamo justo para que intercediera ante complejo problema:
Una turba de hombres hicieron violenta incursión en las minas aposentándose intempestivamente en el centro de ellas, y dando principio al trabajo de unas con excavaciones y otras operaciones cuya novedad fue tanto más extraña cuanto que en aquella parte no hubo jamás contradicción alguna ni por la ciudad de Barquisimeto y San Felipe que contrajeron siempre las suyas aquellas porciones respectivas, por donde son confinantes por las minas, ni por ningún vecino particular (Paul Verna. Las Minas del Libertador. Ediciones de la Presidencia de República, Caracas, 1975, p.67).
En ese mismo orden de ideas, el decreto de Bolívar sobre la minas promulgado en el año de 1829, el decreto de Quito, propiciaba la privatización de las minas en manos de la República. En su artículo 1º se ve con claridad la intención del legislador:
Artículo 1º Capítulo 1º Conforme a las leyes, las minas de cualquier clase corresponden a la República, cuyo gobierno las concede en propiedad y posesión a los ciudadanos que las pidan, bajo las condiciones expresadas en las leyes y ordenanzas de minas, y con las demás que contiene este decreto.
Sin embargo, los asesores y redactores de la Ley Orgánica de Hidrocarburos Gaseosos (1999) y la Ley Orgánica de Hidrocarburos (2001) se les escapó la naturaleza, el contenido y las implicaciones de tan importante artículo. Es evidente que omitieron el carácter privatizador que otorgara Bolívar a los particulares obtener en forma legal la propiedad de esas minas y hacerlas más productivas y ventajosas para la República. Por lo que el gobierno bolivariano en vez de ser consecuente con el pensamiento del Libertador sobre el carácter privatizador, lo que ha hecho es profundizar el poder del Estado sobre los recursos naturales del país. En especial, en la exposición de motivos de la Ley Orgánica de Hidrocarburos de 2001, en unos de sus párrafos se puede leer como cambiaron algunos términos del antiguo decreto del promulgado por el Libertador para dar el poder del Estado en el dominio de los yacimientos petrolíferos. Así se expresa en la Exposición de Motivos:
Las minas, de cualquier clase que sea, son propiedad de la República mientras no se adopten otras disposiciones al respecto, continuarán aplicándose en materia de minería las ordenanzas de Nueva España (Exposición de Motivos de la Ley Hidrocarburos de 2001)
En el texto original del decreto de Simón Bolívar (24 de octubre de 1829) reza lo siguiente: “Conforme a las leyes, las minas de cualquier clase corresponden a la República, cuyo gobierno las concede en propiedad y posesión a los ciudadanos que las pidan bajo las condiciones expresadas en las leyes y ordenanzas de minas, y con las demás que contiene este decreto”. Como se puede observar, fue sustituida la palabra “corresponden” por “propiedad”. Qué pasó. Habría que preguntar a los redactores y asesores de esta ley de Hidrocarburos de 2001. Lo que constituye una violación flagrante al espíritu de un decreto, supuestamente, inspirador de la renacionalización de la industria petrolera y de un gobierno que ve en Bolívar el liberador de los pueblos del tercer mundo, explotados por el imperio del norte. Una pregunta inocente ¿acaso las distintas refinerías ubicadas en Europa y EEUU, propiedad de Petróleos de Venezuela, no son empresas capitalistas que explotan y extraen plusvalor a los asalariados tal como lo describió Marx en Capital?
Es importante destacar que este decreto del Libertador Simón Bolívar del 24 de noviembre de 1829, tiene sus raíces históricas y jurídicas en el decreto promulgado por Carlos III en el año de 1873, y que Bolívar observó con mucho interés el propósito del legislador de impulsar la privatización de las minas de la corona.
Título Primero Del Dominio Real de las Minas y su Concesión a los Particulares, y del Derecho, que por este deben pagar 1. Las minas son propias de la corona real, así por naturaleza y origen, como por su reunión, dispuesta en la ley IV:, Titulo Trece, libro Sexto de la nueva recopilación.
2. pero sin separarse del real patrimonio, se conceden a los vasallos en propiedad y posesión de tal manera que puedan venderlas, permutarlas, arrendarlas, donarlas, dejarlas en testamento por herencia o mando, o de cualquier manera enajenar el derecho, que ellos tienen en los mismos términos que los tienen en personas que puedan adquirirlos (texto del proyecto, las notas y las reales ordenanzas…ordenanzas de la Minería de Nueva España formadas y propuestas por su real tribunal de Orden del Rey de Nuestro Señor, 1783).
Asimismo, Simón Bolívar le fascinaba el dinero y quería morir rico. No es casual que le diera un poder a su hermana para que pusiera en venta las minas de Aroa y colocara el dinero obtenido por tal negociación, en la banca nacional inglesa a una tasa de interés del 2,5 % anual (ver Edgardo Mondolfi. Simón Bolívar. Estaré sólo en el medio del mundo: Cartas de la intimidad. Colección Ares. El Nacional, 1999, pp. 173-193. Era un Bolívar dispuesto a defender y preservar su riqueza minera y al mismo tiempo obtener un beneficio particular que le permitiera morir holgadamente en la nación que amó con tanta pasión: La Inglaterra Liberal.
Se insiste, Simón Bolívar defendió la propiedad privada. Así lo demuestran sus escritos y sus acciones políticas. Esta es una mirada que no se corresponde con el proyecto político de la V República, bajo el liderazgo del comandante Hugo Chávez Frías, quién en infinitas oportunidades, ha manifestado ser la encarnación absoluta del hombre de la patria: un Bolívar que murió pobre, enemigo de la propiedad privada, traicionado y cercano a las corrientes socialistas de aquel entonces.
Considerar a Bolívar un hombre socialista constituye una falacia histórica. Por tanto, no compartimos esa idea que pretende distorsionar los hechos históricos con el propósito de justificar un proyecto político y una ideología revolucionaria. En ese marco, sí se quiere ser consecuente con un proyecto bolivariano se debería asumir el carácter empresarial del Libertador que se proyectó en el concierto de las naciones con el objetivo de construir Repúblicas liberales y así impulsar el proceso de expansión comercial entre los pueblos de la tierra, como lo dejó claro en la Carta de Jamaica:
Se puede entregar al gobierno británico las provincias de Panamá y Nicaragua, para que formen de estos países el centro del comercio del universo por medio de la apertura de canales, que rompiendo los diques de uno y otro mar, hacer que en las distancias más remotas y hagan permanente el imperio de Inglaterra y su comercio (Simón Bolívar. Obras Completas. Editorial Habana, Tomo I).
Se deduce de este párrafo, la imagen de un Bolívar en sintonía con los tiempos de la globalización y la mundialización. De igual modo, se nota en la Carta de Jamaica un Bolívar sin temor de entregar la riqueza de Hispanoamérica a la Inglaterra liberal.
La Gran Bretaña extraería de su seno, en el corto espacio de sólo diez años de metales preciosos que los que circulan en el universo. Los montes de la Nueva Granada son de oro y plata, un corto número de mineralogistas explotarían más mina que los del Perú y que los de España; que inmensas esperanzas de esta parte del mundo a la industria británica (Simón Bolívar. Obras Completas. Editorial Habana, Tomo I).
Aún más, coincidió con el esquema económico de David Ricardo sobre las ventajas comparativas y la división internacional del trabajo como la única posibilidad que Hispanoamérica participara en el comercio mundial. El pequeño Bolívar en 1814 vio con claridad esa tendencia histórica:
La América se halla además por fortuna en circunstancias de no poder inspirar recelos a los que viven del comercio y la industria. Nosotros por mucho tiempo no podemos ser otra cosa que un pueblo agricultor capaz de suministrar las materias primas más preciosas a los mercados de Europa, es el más calculado para fomentar conexiones con el negociante y manufacturero. Reconocida nuestra independencia y abiertos a estos países indistintamente a los extranjeros, no podemos imaginar cuánto aumentará la demanda pública todos los años (Simón Bolívar. Obras Completas. Editorial Habana, Tomo I).,
El Presidente de la República Bolivariana, en su Aló Presidente, nos habla reiteradamente de un Cristo Socialista que tiene un sitio ideal para los pobres con el fin de alcanzar la dicha eterna. Ahora bien, por qué no un Cristo en sintonía con un sistema político y económico de origen republicano y liberal. Porque no. El teólogo de la libertad y la desobediencia civil Juan Germán Roscio, en su libro y el escrito Del despotismo de la libertad(1821) y El patriotismo de Nirgua y Abusos de los Reyes( 1811), respectivamente, expuso con claridad el significado político y religioso de un cristo republicano y liberal con el fin de persuadir a hombres y mujeres a enfrentar radicalmente a la monarquía, a la tiranía y al despotismo, cuyas raíces provenían de una España arrogante, intolerante y despiadada. Una visión novedosa al convertir el texto bíblico y los evangelios en la fuente primigenia de los derechos naturales. Estaba convencido de que la República y el derecho natural estaban arraigado en lo más hondo del corazón del hombre. De la misma manera, compartía la tesis de la desobediencia civil como el camino justo para defender la República cuando ésta estuviese en peligro por los abusos y los atropellos de sus gobernantes.
El gobierno republicano fue el primero porque es más conforme a la naturaleza del hombre. Antes del diluvio y mucho tiempo después se conservó el gobierno popular, se conservaron las Repúblicas y no se conocían ni monarquías, ni aristocracia…Viene al mundo el Mesías prometido, no con las ideas de fundar monarquías, sino repúblicas de salud eterna, cuando casi todos gemían bajo la tiranía del demonio, y de sus vicarios los reyes y emperadores…La doctrina de Jesucristo era una declaración de los derechos del hombre y de los pueblos (Publicaciones de la Secretaría General de la Décima Conferencia Interamericana: Colección Historia nro. 8. Juan Germán Roscio. Obras Tomo II, Caracas, 1953, pp. 92-93).
Es muy clara la reflexión política y teológica de Juan Germán Roscio, al considerar pertinente la revalorización histórica del Antiguo Testamento y de los evangelios y su significado político para desmontar la vieja creencia de la teoría del Derecho Divino de los Reyes. Una teoría que utilizaron:
Los reyes para lograr sus designios. Por medio de ellos engañan a los pueblos, y les hacen creer que su autoridad venía inmediatamente de los cielos: que ningún monarca tenía superior sobre la tierra: que su voluntad era la de los dioses: aunque fuesen tiranos y malévolos, debían ser reconocidos, y adorados como divinos: que sólo Júpiter el gran padre de los dioses, podía exigirles cuenta y razón de su procedimiento, juzgarlos y corregirlos: que sus leyes todas como inspiradas por el santo Numen, debían ser obedecidas y ejecutadas, por más injustas y perniciosas que fuesen (p. 89).
No deja de ser importante resaltar otra de las ideas de Juan Germán Roscio en torno al punto de la desobediencia civil como un mecanismo político para rechazar aquel tipo gobernante que violentara las bases esenciales de la República.
Aunque pecó el hombre quedó siempre ilesa su voluntad y libre albedrío para establecer el gobierno que fuese más conveniente a su felicidad: y de esta fuente nace el derecho que tienen los pueblos para quitar alterar o reformar el gobierno establecido cuando así lo exige la salud pública, y el convencimiento de ser establecido para servir, no para dominar a los hombres; para hacerlos felices, no para abatirlos, para conservar su vida, su libertad y sus propiedades, no para oprimirlos ni sustraerles sus fueros sagrados e imprescriptibles (p.87).
En otras palabras, un modelo político y económico republicano y liberal, que dejaron como herencia histórica los libertadores a nuestra patria para impulsar su grandeza material y cultural.
En esa misma corriente de reinterpretaciones históricas del fenómeno bíblico y de la figura simbólica del hijo de Dios, es recomendable la lectura del célebre libro Cristo el anarquista, editado por la Revista Claridad en año de 1936, en el que autor devela una faceta interesante de Cristo desde una perspectiva del anarquismo. Es decir, un Cristo enemigo de todo poder centralizador y absoluto; un Cristo convencido de que la sociedad se organiza voluntariamente para potenciar su libertad individual sin chantaje, intimidación y terror, tal como aconteció en los estados totalitarios; un Cristo que veía en el Estado la causa de todo mal y la desigualdad económica y social. En fin, un Cristo abanderado de los postulados más radicales del anarquismo y del liberalismo. En consecuencia, esta es otra mirada que se puede descubrir en la obra política del Libertador Simón Bolívar y sería interesante debatirla sin el peso ideológico de la versión oficial que maneja el Presidente de la República y de esa forma presentar a la nación una imagen más compleja de lo que significó Simón Bolívar en nuestro pasado y de su proyección histórica en los nuevos tiempos. Un Bolívar complejo, limitado, paradójico y contradictorio como es la condición natural de todo humano. El hombre sinuoso y que responde a cada momento a unas circunstancias que lo obligan a hacer coherente, incoherente y discontinuo. En palabras del ensayista Montaigne:
Lo ordinario es que sigamos las inclinaciones de nuestro apetito a diestra y siniestra, arriba y abajo, según el viento de las ocasiones nos arrastra. No pensemos en lo que queremos, sino en el instante, en lo que queremos. Y cambiamos como ese animal cuya piel se colora según donde se acueste. Lo que nos proponemos ahora lo cambiamos después, y luego volvemos sobre nuestros pasos, siempre entre trastornos e inconstancias (Ensayos completos. Editorial Purrúa. Nro, 600, México 1999, p. 276).
Seguramente, así era Bolívar. Así lo describió Francisco Herrera en su libro Bolívar de carne y hueso y otros ensayos:
Como sería el caso de su afición por el agua de colonia y el hervido de carne gorda, o el aburrimiento que le producía las corridas de toro… Mudaba de opinión y de tema con pasmosa rapidez; y de sentirse a sus anchas hablaba todo el tiempo de si mismo. Era muy vanidoso, y de un autoritarismo destemplado que predisponía en su contra. Tomaba poco café, abusaba del ají…El Bolívar de los buenos días al amanecer; el de que toma café negro, en posillo, de pie y junto al fogón; del que protesta por haberle puesto comino a la carne y de el que celebra orgulloso la floración del níspero sembrado por sus propias manos (Editorial Ateneo Caracas. Pp. 26-30).
Más adelante, Francisco Herrera Luque relató algunos casos en los Bolívar denotaba ser un hombre arriesgado y valiente: En Angostura retó a un legionario a cruzar a nado el Orinoco con los brazos amarrados a la espalda. De no haber sido por unos de sus oficiales aquello hubiese culminado en tragedia. En la segunda batalla de La Puerta se adentró con tanta desesperación y arrojo en el combate que más de uno de sus compañeros pensó que voluntariamente buscaba la muerte (Editorial Ateneo Caracas. p.27)
En consecuencia, sin negar una manera de ver la historia de Simón Bolívar en la visión ideológica del Presidente de la República, esta es otra visión cercana a los procesos de modernización que se estaba gestando en la transición de la España imperial mercantilista a la Inglaterra liberal y capitalista. Por lo que el pensamiento y la acción política del Libertador no escaparon a esas fuerzas poderosas del capitalismo bajo el influjo de la primera revolución industrial. Por lo que su espíritu estuvo más ligado a un mundo liberal que, a un supuesto socialismo, que apenas asomaba en los llamados socialistas utópicos, porque hay que recordar aquí que cuando Bolívar estaba muriendo, Marx estaba recién naciendo (1818).

Tomado de: http://www.analitica.com/va/sociedad/articulos/3850997.asp
 
Bolívar se identifica con la corriente de pensamiento opuesta al absolutismo monárquico, al tradicionalismo, al sistema totalitario. Busca establecer un régimen político respetuoso de un marco Constitucional y Legal, que adopta la división de las Ramas del Poder, que garantiza los derechos fundamentales y la igualdad legal de los ciudadanos, que se fundamenta legítimamente en la soberanía popular expresada a través de una cierta representación electoral. Pero Bolívar busca un equilibrio entre el liberalismo individualista -tan en boga en su época- y el interés colectivo, el progresismo social. (Tomado de: www.monografias.com)

Thursday, September 22, 2005

La ideología de Simón Bolívar

El pobrecito Libertador de media América muy probablemente se revuelca día y noche en su tumba, esperando a que muera el Comandante en Jefe del despilfarro y la devaluación. Dice un afamado primatólogo que la longevidad de un Pan troglodytes es de cincuenta años aproximados, aunque un proverbio coloquial muy venezolano señala que “bicho malo nunca muere”. Y efectivamente, nuestro Libertador esperará a que llegue aquel anhelado día del juicio final para abofetear, en nombre de la Humanidad, al que usó su ideología dando forma a la diestra más siniestra y retorcida del Continente.

El pensamiento de Simón Bolívar es de dominio internacional, y su estudio es inculcado a los más jóvenes desde una muy temprana edad. Por lo que, efectivamente, tenemos un conocimiento del mismo bastante amplio en Latinoamérica, y probablemente mejor, por qué no, en Venezuela. La ideología del Libertador, en cambio, la han utilizado los más grandes y grotescos Caudillos de ambos lados de la Cámara, sea la del país que sea, para moldearla a su imagen y semejanza. Desde Marx, en una blanda crítica, hasta Chávez, quien –casi- dice ser nieto del mismísimo Libertador. El otro día navegaba yo por un sitio que decía defender el Nacional Comunismo, y en el logotipo de la organización aparecía una imagen de Simón Bolívar. Al principio, como es obvio, pensé que era una parodia, no miento: ahora que están de moda, uno nunca sabe lo que es verdad y lo que no. Pero como no soy Pirrón de Elis, me lo tomé enserio. Y me provocó, como cosa del destino, casualidad innata, escribir algún artículo sobre la verdadera ideología de Simón Bolívar, ideología que probablemente no sea del todo igual a la mía, pero lo que sí es seguro es que nada tiene que ver con la de Chávez. Y es que la homología de Bolívar y Chávez es tan exacta como la de Reagan con Bakunin. Y eso, creo, debería de llamarnos al menos un poco la atención.
El punto de partida en la ideología de Bolívar es el republicanismo convencido. Obviamente, un sistema republicano es el más democrático que pueda existir, ya que la Jefatura del Estado es elegida en sufragio universal y eso significa que debe existir una correlación total, una interdependencia, entre los términos República y Democracia. Deteniéndonos aquí sabemos sobremanera que a pesar de haber pasado ya las puertas del siglo XXI, existen prejuicios aún sobre lo que es la República. En España, por ejemplo, hay un prejuicio histórico que nos ha hecho enlazar los términos República e Izquierda. Este prejuicio, que induce al error ideológico y a un terrible vacío cultural, hace asociar directamente a la República con las ideas políticas absolutistas, y por tanto, para los españoles, ideas democráticas. Aunque aquí no se incluye al socialismo de extrema derecha.
En España, pues, entenderían por Bolívar republicano, al poeta venezolano de la generación del 27, educado en Francia y perteneciente a las Brigadas Internacionales. A pesar de que haya vivido unos cien años antes.
La idea republicana del Libertador era la idea republicana auténtica. Bolívar era republicano porque su razón de vida fue combatir a los absolutismos más despiadados de su tiempo, y en aquel momento el mal mayor venía de la monarquía española, y el mal fue combatido hasta el final.
Pero para empezar a moldear su ideología debemos, antes que nada, situarlo dentro de su contexto histórico y sus influencias doctrinarias. Bolívar fue testigo de la Revolución francesa y la Revolución americana; se desenvolvió en un ambiente minado por el anhelo y la pasión que despertaba ante el pueblo occidental la disparatada idea de libertad. Viajó por Europa, vivió en España, vivió las consecuencias del mundo napoleónico y conoció el fin de este mundo. Estuvo en Estados Unidos y se paseó por toda la América Latina. Pero en Venezuela, en la Venezuela de hoy, Bolívar siempre estará atado al Estado: en un país donde no se sabe diferenciar entre gobierno y Estado, porque son la misma cosa. Y por tanto, el gobierno de turno, es decir, el Estado venezolano, siempre será bolivariano, independientemente de la ideología que represente. Los ideales de Bolívar se perdieron de antaño, y justamente ahí nació esa holgazanería venezolana que dejó todo su destino en manos del Estado e hizo girar las cabezas de sus gentes hacia otros valores menos trascendentales. Y esa colosal incultura actual de la sociedad venezolana en todos los ámbitos, el pasar de la educación y limitarse al gozo y al oportunismo, han causado que la Venezuela de hoy sea exactamente lo que es: una sociedad sin ley, que Gómez dejó sin cultura, que Chávez mata de hambre, y en donde no existe pasión por el Ser y la Trascendencia, donde no existe el Humanismo: Venezuela es la anti-nación. Aquello con lo que Simón Bolívar nunca habría soñado ni en sus peores pesadillas.
La influencia histórica del Libertador fue riquísima y diversa. Simón Bolívar fue un liberal con una gran sensibilidad social, muy acorde a su época, fue tan amante de la libertad como de la igualdad. Dice B. Celis Parra que la influencia del Libertador provino tanto del liberalismo de John Locke y Montesquieu como del estatismo democrático de Rousseau. Además de poseer un gran complemento ideológico personal. Defendió con ímpetu los derechos de los desfavorecidos de su tiempo, pero entendió que para que las sociedades de América fueran libres, cada persona, como ser humano, tenía la capacidad de tomar sus propias decisiones vitales, la gente se hacía rica comerciando, y todo beneficio por muy individual que fuera siempre podía ayudar al beneficio colectivo. Para Bolívar no existían las fronteras. Soñó con una gran nación -que hoy son medianas naciones- que se despedazó con el tiempo. Fue un liberal adecuado a sus circunstancias históricas y a la realidad social de la Venezuela de la época. Y todo, hasta lo mínimo, murió con él.
Hoy, la generación de relevo que inculcaba Marcel Granier, no sabe lo que es una generación, o eso que llaman relevo, o aquello que algunos conocíamos como democracia.
Esa generación a la que pertenezco se difuminó por el mundo: desde Buenos Aires a las playas de Florida, los venezolanos escapamos de lo que nosotros mismos creamos. Algunos otros, no tan irónicamente, seguimos nuestra lucha, exiliados en alguno de esos países que desaparecieron del mapa, donde ser funcionario del Estado es más lujoso que tener un Ferrari, cuando en Venezuela son los funcionarios del Estado, y sus amigos, quienes pueden comprar el Ferrari, mientras el hambre mata y los gobiernos pasan uno tras otro. Eso no es lo que propuso Bolívar, eso no es libertad.
Tomado de: http://deje-hacer.blogspot.com/2005/09/la-ideologa-de-simn-bolvar.html
 
 










FRASES DE AUTÉNTICOS LIBERALES

El objetivo principal de la educación liberal es hacer de la mente un lugar agradable.
Thomas Henry Huxley
MILTON FRIEDMAN:

Las únicas sociedades que han sido capaces de crear una prosperidad relativa ampliamente extendida han sido aquéllas que han confiado principalmente en los mercados capitalistas.
 Siempre se ha argüido que el problema del capitalismo es que es materialista, mientras que el colectivismo puede permitirse prestar atención a lo no material. Pero la experiencia ha sido exactamente la contraria. No hay sociedades que hayan enfatizado los requisitos materiales del bienestar como las colectivistas. Son las sociedades libres las que, de lejos, han permitido un mayor desarrollo a los aspectos inmateriales, espirituales, artísticos del bienestar.
  El poder centralizado no se vuelve inofensivo por las buenas intenciones de quienes lo crearon.

Creo que el término liberal clásico es igualmente aplicable. No me interesa mucho lo que me llamen, estoy mucho más interesado en que la gente piense más acerca de las ideas que acerca de la persona.

La guerra es amiga del Estado. La guerra lleva a una expansión en el rol del Estado. Cuando la guerra culmina, el Estado muy raras veces retorna a los niveles en los que estaba anteriormente. Los grandes avances de la civilización, ya sean en arquitectura o pintura, en ciencia o literatura, jamás han venido de un gobierno central.
Lo que cuenta es lo que sucede en la práctica. Muchos de los países en Latinoamérica copiaron la constitución de Estados Unidos palabra por palabra pero estas constituciones no tuvieron el mismo efecto en esos países como lo tuvo aquí. Las formas en sí mismas no son suficientes.

Creo que el término liberal clásico es igualmente aplicable. No me interesa mucho lo que me llamen, estoy mucho más interesado en que la gente piense más acerca de las ideas que acerca de la persona.
   

SIMÓN BOLÍVAR:

 
Yo soy siempre fiel al sistema liberal y justo que proclamó mi patria.

El arte de vencer se aprende en las derrotas.

De la Libertad absoluta se desciende siempre al poder absoluto, y el medio entre éstos dos términos es la Suprema Libertad Social.  

Como amo la libertad tengo sentimientos nobles y liberales; y si suelo ser severo, es solamente con aquellos que pretenden destruirnos. 

La América es ingobernable... El que sirve a una revolución ara en el mar.


LUIS FERRE:

La razón no grita, la razón convence.   
(...) Revolucionario en las ideas, liberal en los objetivos y conservador en los métodos.


  



Eloy Alfaro, ¿socialista o liberal?

Eloy Alfaro no era socialista de ningún siglo, era un liberal social, compruébelo usted mismo, leyendo los siguientes artículos:

 

LA REVUELTA LIBERAL (1895-1912)

 Para adentrarnos a una nueva etapa del nuevo periodo del Ecuador es necesario revisar el perfil de lo que fue la revuelta liberal, con antecedentes expuestos por Enrique Ayala Mora en: Resumen de historia del Ecuador pp. 82. "El auge de las exportaciones cacaoteras provocó la consolidación, al interior de la oligarquía costeña, de una fracción de comerciantes y banqueros, diferenciada de los propietarios rurales. Este grupo, al que podemos llamar con propiedad burguesía comercial, fue el sector que logró la dirección de la política con la ´transformación´ liberal. En el golpe de estado y Guerra Civil de 1895, (…) el beneficiario político fue la burguesía."
 La justificación de la revuelta de 1895 dirigida por el general Eloy Alfaro, fue el logro de la burguesía en la política con una ideología liberal y la venta de la bandera en el gobierno de Luis Cordero.
Con la triunfante revuelta se nombró a Alfaro como Jefe Supremo y fue necesario el desarrollo de un programa "liberal" que representase el cambio de la ideología política, lo que implicaba una reestructuración del aparato estatal en el ámbito social y económico, bajo el concepto en la Asamblea Constituyente de 1896-1897 se aprueba la ley de Instrucción Pública la cual implementa la enseñanza gratuita; en la misma asamblea se aprueba también la supresión del diezmo; el programa liberal consiguió el objetivo de comunicar a la sierra y costa con la implementación del ferrocarril el cual aumentó las relaciones comerciales entre las mismas.
En 1901 es elegido Presidente de la república al general Galo Plaza que constituyó su fuerza u apoyo político (placismo) con el sector oligarca, mientras el alfarismo se consolidaba en el pueblo. Plaza respetando el liberalismo expidió en 1902 la ley del matrimonio civil y la ley de cultos en 1904.
Por septiembre de 1905 fue elegido inconstitucionalmente Presidente de la República a Lizardo García; en contra a la circunstancia se arremetió Alfaro con marchas en Quito y el resto del país.
En la Asamblea Nacional de octubre de 1906 se emitió la doceava Constitución llamada la Carta Liberal, cuyo interés fue el de separar a la iglesia del estado, en la misma Asamblea se elige a Alfaro para su segundo periodo presidencial. En su segunda presidencia Alfaro completó la construcción ferroviaria que llegó hasta Quito y en 1908 modificó la ley de Beneficencia, creándose las juntas de beneficencia.
Durante esta etapa el Ecuador vivió una incertidumbre con respecto a sus límites territoriales en especial con el vecino país del sur, Perú.
Cuando Alfaro dejó su segundo mandato en 1911, se generó una disputa por el poder, ante el problema Alfaro quiso tomar el laudo pero fue tomado prisionero para ser ejecutado e incinerado por aglomeraciones de gente controlada por contingentes liberales y derechistas.

Fuente: www.monografias.com

 

ALFARO Y LOS NEGROS

Autor: Prof. José Arteaga P.
Con la llegada de los europeos a América hace 500 años, se inició el mundo moderno y el más intenso proceso de mestizaje que se haya producido en la historia de la humanidad de lo que va hasta el presente siglo … Cuando ese indígena ya no pudo responder al afán expoliador, al afán de enriquecimiento rápido de los colonizadores europeos, vino el negro africano a suplir la sangre india, a morir en el trópico, donde había que extraer plusvalía para ese naciente imperialismo económico.
En el siglo XVIII tiene lugar la revolución francesa, en 1789, que encabezada y financiada por la burguesía naciente que eran los artesanos, los comerciantes, los banqueros incipientes, clase social emergente, que derrota al feudalismo. Esa burguesía protagónica de la revolución francesa acogió al liberalismo como su ideología y Ilega a América, y por ende a la Presidencia de Quito, de contrabando, clandestinamente, y Espejo en Quito y el Cacique Parrales y Guale en Manabí las divulgaron subrepticiamente.
La divulgación y la asimilación de esa idea fue el resultante de la independencia política de las colonias españolas y entre nosotros de la conformación, primero de la Gran Colombia y luego de la República del Ecuador. Pero esa libertad obtenida só1o quedó enredada entre los criollos con pujos aristocráticos y la burguesía, beneficiarios y usufructuarios de ella. El indio, el negro y el montuvio continuaron en la servidumbre.
Nuestra República, en 1830, recibe las aguas bautismales bajo el signo conservador que era en toda forma el feudalismo dominante en esta tierra y especialmente en la serranía de nuestra patria morena. Pero con los gobiernos de Flores viene la idea liberal en hombres como Vicente Rocafuerte y como José María Urvina, hasta que aparece en el escenario ese gran montonero radical manabita, Eloy Alfaro Delgado, que desde mediados del siglo XIX toma la bandera liberal radical e impulsada por la burguesía agroexportadora de Guayaquil desafía al feudalismo serrano.
Eloy Alfaro con la ideología liberal y con la burguesía emergente habla de derrocar al feudalismo conservador que explota al indio y mantiene como conciertos, una forma de ideología moderna de esclavitud, a los negros y a los montuvios.
Alfaro a los indios, a los negros y a los montuvios les da una bandera para superarse; por eso es que estos sectores desposeidos vieron en la prédica del “indio Alfaro” o del “Amitu Alfaru”, entre comillas, su esperanza de reivindicación. Por eso se explica que en el Siglo XIX la prédica liberal, el liberalismo radical alfarista, la alfarada, haya motivado a estos sectores sociales para acompañar al General de las derrotas.
Por to tanto la revolución liberal, la alfarada, de 1864 a 1895, fué simple y Ilanamente la prolongación en América de la Gran Revolución Francesa, de 1789. Por eso es que en el Ecuador aunque se piense que el problema de los negros tenemos que deslindarlo del problemas de los indios. En ciertas épocas de nuestra vida colonial y republicana tenemos que unirlo y hablar de ellos cual si fueren hermanos gemelos de los mismos dolores, martirios y sufrimientos.
Desde 1864 que Alfaro inicia sus primeros pinos revolucionarios en Colorado de Montecristi, comienza la efervescencia de un liberalismo radical; porque Alfaro no es que proclama la libertad. Alfaro es la libertad. Es la libertad que flamea en los llanos de la Costa y en los páramos andinos. Por eso es seguido por los negros, por los indios, por los cholos, por los montuvios, por los obreros, por todos aquellos que aspiraban su verdadera libertad, su auténtica libertad que la tenía a medias.
El triunfo de la revolución liberal radical, machetera, montonera, alfarista o como se la quiera Ilamar consagra la libertad; pero Alfaro cometió el error de no retener para sí por lo menos unos 10 a 12 años la Jefatura Suprema para con su espada rubricar todas las conquistas anheladas que la frustró el constitucionalismo burgués. Y aunque en la constitución de 1877 se consagra la libertad en todos los órdenes, la esclavitud se enmascara con el concertaje y el huasipungo, otras formas modernas de esclavitud.
Por otro lado como la iglesia era la mayor terrateniente del Ecuador que tenía la mayor cantidad de esclavos en la sierra y arrimados y dependientes en la costa, al dictarse la ley confiscando los bienes de manos muertas (los latifundios religiosos), éstos por obra y gracia del nuevo presidente Gral. Leonidas Plaza Gutiérrez pasan a poder, como arrendados, de los latifundistas seglares, con lo que en nada aliviaron su situación los conciertos, huasipungueros dependientes y arrimados; pero se deja abierta la brecha para que se continúe la lucha frontal por la libertad.
Debemos recalcar que Alfaro hizo una revolución demócrata burguesa y que mirando la época de esta revolución hasta allí pudo Ilegar. A lo mejor Alfaro aspiró a más; hizo la transformación política pero no alcanzó a llegar a la revolución socio?económica que, mirándola con la óptica de fines del Siglo XX y comienzos del XXI, nosotros aspiramos… Y a lo mejor hubiéramos querido que él la haga.
Alfaro era un idealista. Soñó con hacer la transformación que pregonaba el ideario liberal. La igualdad, la fraternidad, la sociedad democrática. Luchó y murió por eso. Pero sus lugartenientes, sus propios compañeros de armas traicionaron el ideal y en el mismo gobierno alfarista, sus mismos con militones prepararon la muerte del caudillo. Hombres costeños, manabitas como Leonidas Plaza o serranos como Julio Andrade se entregaron a los deleites de la oligarquía feudal interiorana y a la banca agroexportadora de la costa y en maridaje con ellos frustraron parte del programa de la revolución liberal radical, que aunque no era una revolución socialista, tenía proyectos sociales más allá de los que pretendía la burguesía, parte de la cual se estaba oligarquizando.
Las esperanzas de Alfaro y sus tenientes leales se desangraron en el panóptico de García Moreno con sus decapitaciones y se quemaron en El Ejido con sus incineraciones. Pero con todo Alfaro cumplió hasta donde pudo con los negros y con los indios porque no solamente que consagró en la ley su principio, sino que tratándose de los negros inclusive les fijó territorio en donde ellos han hecho su vida. Allí tenemos en la Sierra del Valle del Chota y en la costa en algunos sectores de la provincia de Esmeraldas …
Para completar la obra de Alfaro se necesita la verdadera incorporación del negro y del indio a la nacionalidad ecuatoriana, porque esta es la única y auténtica nacionalidad, sin, repito, tratar de aculturizarlos: respetando sus mitos, sus creencias religiosas, sus leyendas y tradiciones. En eso también radica la libertad individual o colectiva por la que luchó Alfaro y sus tenientes. Entonces para completar la obra de Alfaro y resolver los problemas del indio, del negro, del montubio, del proletario es necesario darles a todos los sectores marginados el valor humano que tienen como seres humanos …
(Fuente: El Negro en la Historia, -Raíces Africanas en la Nacionalidad Ecuatoriana 500 años-, Centro Cultural Afroecuatoriano, Quito, 2002).
 
 Tomado de: http://afros.wordpress.com/historia/eloy-alfaro/

miércoles, 25 de mayo de 2011

Revolución Industrial y mitos socialistas

Reseña
El capitalismo y los historiadores

F.A. Hayek (editor), T.S. Ashton, L.M. Hacker, R.M.Hartwell, D. De Jouvenel, A.H Hutt
Unión Editorial, Madrid, 1997
203 páginas

Por Albert Esplugas Boter
Aún hoy está ampliamente extendida la idea de que la Revolución Industrial fue un período oscuro en la historia de Occidente, una etapa lúgubre y vergonzante en la que el hedor de las fábricas sustituyó el aire puro del campo feudal y las masas se vieron sometidas al látigo de los avariciosos capitalistas, empobreciéndose en beneficio de esta nueva clase pudiente. Persiste, todavía, en el imaginario de mucha gente la estampa de unos obreros, antes boyantes campesinos, urbanizados y explotados en las fábricas de la burguesía, en condiciones laborales atroces y en estricto régimen de subsistencia. La Revolución Industrial constituye de este modo el pecado original del capitalismo, cuando no la prueba de que el libre mercado es inherentemente injusto y debe ser corregido o superado por otro sistema que no esté en contradicción con la justicia social. La prosperidad de que gozamos, alegan, se alza sobre el sacrificio de aquellas generaciones pretéritas. El nuestro es un progreso teñido de culpa. Y si el capitalismo, para generar bienestar, requiere de un período inicial de penuria y explotación intensificada y generalizada, es que el capitalismo es indigno per se, porque nada intrínsecamente justo necesita de lo injusto para desarrollarse. Luego su status será, a lo sumo, provisional.
 
El Capitalismo y los Historiadores, editado por Friedrich Hayek, es un compendio de ensayos que se propone refutar, de una vez para siempre, la popular y populista mitología socialista que envuelve la Revolución Industrial inglesa, manejada en esta obra como modelo paradigmático por ser la primera, la más afamada y la más estudiada de las revoluciones industriales. El libro reúne ensayos de Hayek, Ashton, Hacker, Hartwell, De Jouvenel y Hutt. La calidad y el interés de los distintos artículos es desigual, si bien no haremos aquí ninguna crítica exhaustiva de los mismos. Me parece más interesante destacar los aspectos relevantes de la exposición de cada autor y acaso emitir algún que otro juicio valorativo puntual.
 
La Revolución Industrial inglesa, que cabe ubicar entre mediados-finales del siglo XVIII y mediados del siglo XIX, ha sido objeto de estudio de un sinnúmero de historiadores que durante décadas, imbuidos de ideas marxistas, carentes de rigor e imparcialidad, faltos de una teoría previa y una metodología adecuada, difundieron una visión radicalmente distorsionada y partidista de la realidad, un dramatizado cuadro que se alejaba de los hechos tanto como se ajustaba a los esquemas ideológicos de la pujante masa socialista. Esta falaz interpretación de los acontecimientos fue revisada, criticada e impugnada por la mejor historiografía económica en la primera mitad del siglo XX. Pese a ello, aún predomina en la opinión pública, refrendando las ideas estatistas esparcidas por doquier. La ficción ha adquirido carta de naturaleza pasando a formar parte del reino de los hechos consabidos e indisputables, aunque en el mundo académico ya no pueda sostenerse seriamente tamaño artificio. Una muestra de esa imagen ilusoria divulgada durante más de un siglo la encontramos en The Impact of Science on Society, de Bertrand Russell: 
“La revolución industrial provocó en Inglaterra, como también en América, una miseria indescriptible. En mi opinión, apenas nadie que se ocupe de historia económica puede dudar que el nivel medio de vida en la Inglaterra de los primeros años del XIX era más bajo que el de cien años antes; y esto ha de atribuirse casi exclusivamente a la técnica científica”[1].
Incluso en una obra como Historia del liberalismo Europeo, de Guido de Ruggiero, no hostil a la tradición política decimonónica, advertimos la aciaga influencia de esa popularizada interpretación de los hechos: 
“Fue precisamente en el periodo del desarrollo industrial más activo cuando empeoraron la condiciones de vida del trabajador. La duración del trabajo se alargó desmesuradamente; la ocupación de mujeres y niños en las fábricas hizo descender los salarios; la aguda competencia entre los mismos trabajadores que ya no estaban ligados a sus parroquias, sino que viajaban libremente y podían reunirse allí donde la demanda de sus servicios era mayor, abarató todavía más el trabajo que ofrecían en el mercado: crisis industriales numerosas y frecuentes –inevitables en un período de crecimiento, cuando la población y el consumo no se han estabilizado todavía- incrementaban de tiempo en tiempo la multitud de parados, el ejército de reserva de hambre”[2].
La verdad, sin embargo, no pudo ser ignorada por aquellos autores con un mínimo de honestidad intelectual que antaño divulgaron falsedades. Así, los Hammond, que en su día contribuyeron grandemente a la propagación del mito, reconocieron al final de su vida que la Revolución Industrial no empobreció a las masas trabajadoras, antes al contrario:
“Los estadísticos nos informan que, tras el estudio de los datos de que disponen, pueden afirmar que los ingresos subieron y que la mayoría de hombres y mujeres, en el tiempo en que este descontento se hizo más ruidoso y activo, eran menos pobres que anteriormente, en el silencio otoñal de los últimos años del siglo XVIII. El material de prueba es naturalmente escaso, y su utilización no es fácil, pero probablemente esta afirmación sea cierta, en términos generales”[3].
Pero, como advierte Hayek, con frecuencia la ideología y la historia se retro-alimentan mutuamente. De este modo el estatismo imperante se sirve de mitos históricos para reafirmarse mientras el pasado se examina a través de unas lentes estatistas.
 
 
Hayek: historia y política
 
Ha habido siempre una estrecha relación, dice Hayek, entre las convicciones políticas y los juicios que nos merecen determinados eventos históricos, pues nuestra opinión sobre unas doctrinas e instituciones concretas viene marcadamente influida por los efectos pretéritos que les atribuimos. Ahora bien, las referencias que manejamos y que nutren tales opiniones están a menudo viciadas, motivo por el cual no siempre lo que creemos que ocurrió en el pasado se corresponde con lo que ocurrió realmente. En este contexto los historiadores juegan un papel preponderante. Las concepciones políticas se filtran en la opinión pública no tanto en su forma abstracta como a través de imágenes e interpretaciones históricas, luego la presentación que de los hechos hagan los historiadores puede tener una influencia vastísima en la sociedad.
 
La leyenda de los horrores de la Revolución Industrial es en este sentido un ejemplo paradigmático. Dos razones explican, según Hayek, el alcance y la pervivencia del mito. Por un lado, el hecho de que el ascenso del nivel de vida facilitara la toma de conciencia de una miseria que hasta entonces, al tenerse por usual e inevitable, había pasado relativamente desapercibida. Siendo todos testigos del progreso, de golpe la pobreza se convirtió para muchos contemporáneos en una realidad anacrónica, de modo que la industrialización no fue aplaudida por generar riqueza sino criticada por no producir la suficiente. Por otro lado, destaca Hayek, los terratenientes y los círculos conservadores de la capital difundieron esta versión sesgada de la acontecimientos en su pugna contra los fabricantes y el librecambismo, versión que fue recogida por la historiografía socialista, ávida por reafirmar sus tesis con datos empíricos.
 
Apunta Hayek que la interpretación de la historia requiere de una teoría previa. En vano reúne un observador infinidad de datos si lo que pretende es extraer la teoría de ellos[4]. ¿Cómo va a distinguir, atendiendo sólo a los hechos, si un aumento del precio de un producto básico de la época es la causa o el efecto de una contracción de su demanda? Puede asociar dos realidades cualesquiera, como la introducción de las máquinas y la pobreza, pero ausente la justificación teórica de tal asociación el acto de interpretar la historia se convierte en un arbitrario juego adivinatorio. ¿Desplazaron las máquinas a los trabajadores o elevaron su productividad marginal y abarataron los productos? ¿Causó la industrialización la miseria existente o permitió que ésta fuera menos severa? Un historiador sin teoría es un viajero sin mapa ni brújula. De esta suerte la pregonada ficción, resultado de navegar sin cartas y atender a prejuicios socialistas, fue contestada en el siglo XX por una legión de historiadores sólidamente formados en teoría económica. Sus conclusiones, no obstante, toparon con una opinión pública saturada de estatismo, poco receptiva a unas tesis que cuestionaban algunos de los pilares de su ideología. Pero aun cuando la auténtica versión de los hechos circula todavía hoy a contra-corriente, las palabras de Hayek nos invitan a un moderado y prudente optimismo: “si hemos valorado correctamente la importancia que las valoraciones erróneas ejercieron en la formación de la opinión pública, podemos concluir que ha llegado la hora de que la verdad acabe imponiéndose sobre la leyenda que ha dominado tanto tiempo a esa opinión[5].
 
 
Ashton: el tratamiento del capitalismo por los historiadores
 
Ashton critica el infundado pesimismo que trasluce buena parte de la historiografía de la Revolución Industrial así como el que numerosos autores interpretaran los acontecimientos prescindiendo de las enseñanzas económicas. Se ha dicho que los salarios vienen determinados por el mínimo de alimento necesario para subsistir, se ha atribuido a la legislación estatal mejoras que tienen que ver con el ascenso de la productividad de los trabajadores, se ha personificado el capitalismo, desvinculándolo de las interacciones humanas que lo definen, con expresiones como “el capitalismo exalta la unidad monetaria” o “el capitalismo produjo la actitud mental de la ciencia moderna” (Schumpeter), expresiones que no se corresponden con un tratamiento histórico serio de los procesos sociales. Ashton también da cuenta de la visión romántica de cierta literatura en relación a la época preindustrial. Friedrich Engels, por ejemplo, llevó la idealización de dicha época hasta extremos abiertamente ridículos: 
“Los trabajadores vegetaban en una existencia relativamente confortable, llevando una vida limpia y pacífica con toda piedad y probidad, y su situación material era mucho mejor que la de sus sucesores. No necesitaban trabajar en exceso. No hacían más de lo que habían decidido hacer y, sin embargo, ganaban lo necesario. Disponían de tiempo libre para el saludable trabajo en su jardín o en su huerto, trabajo que constituía un solaz para ellos, y podían participar en otros juegos y diversiones de sus vecinos, y todos estos juegos: bolos, cricket, football, etc., contribuían a su salud y vigor físico. En su mayor parte eran fuertes y bien formados, y en su físico poca o ninguna diferencia podía apreciarse con respecto a sus vecinos campesinos. Sus hijos crecían al aire libre en los campos, y si ayudaban a sus padres en el trabajo, era de manera meramente ocasional; al tiempo que la jornada de ocho a doce horas era algo que no les concernía”[6].
Explica Ashton que una lectura atenta de los numerosos informes de las Comisiones Reales y de los Comités de Investigación redactados durante los siglos XVIII y XIX permite aseverar que muchas de las penurias y desdichas de la época fueron producto de una legislación, unos hábitos y unas formas de organización que habían quedado obsoletas. De aquellos informes, prosigue Ashton, se desprende que los trabajadores industriales estaban mejor pagados que los domésticos, familiarizados con métodos caducos; que era en los talleres aislados, no en las fábricas de vapor, donde se registraban unas condiciones laborales más precarias; que era en los pueblos remotos y en las zonas rurales, y no en los campos carboníferos o en las zonas urbanas, donde las restricciones a la libertad personal y los malos tratos eran más frecuentes. Asimismo, estudios como los de Bowley y Wood ponen de manifiesto que los salarios reales siguieron un recorrido ascendente durante la mayor parte de aquel período.
 
 
Hacker: los prejuicios anticapitalistas de los historiadores americanos
 
Hacker reflexiona primero acerca del sesgado tratamiento histórico de que ha sido objeto el capitalismo en los siglos pasados, para centrarse luego en los particulares prejuicios anticapitalistas de numerosos historiadores norteamericanos.
 
Hacker tilda de burda calumnia el epíteto de “inhumano” que con frecuencia se adjudica al siglo XIX: por aquel entonces los salarios reales aumentaron en los países industrializados debido al descenso de los precios de las mercancías, y al mismo tiempo los países menos desarrollados se vieron favorecidos por un creciente flujo de inversiones. Hacker, no obstante, añade en defensa del siglo XIX un tercer punto del todo desafortunado, a saber, la introducción “de una política estatal en gran escala a favor de la salud y de la instrucción pública[7]. Aunque este hecho desmintiera las afirmaciones socialistas en sentido contrario, lo cierto es que no cabe concebir dicha injerencia estatal como algo justo o beneficioso. Exactamente las mismas consideraciones que nos llevan a rechazar hoy la intervención del Estado en el ámbito de la sanidad y la enseñanza son las que debieran llevarnos a reprobar esta lamentable concesión de Hacker.
 
El profesor Hacker, siguiendo a Ashton, alude a los obstáculos institucionales que en ocasiones ralentizaron el acentuado progreso en Inglaterra. El caso de las viviendas es ilustrativo. El abarrotamiento, los slums, la precariedad de las casas... fue expresivamente denunciado por los reformadores sociales, que achacaron la responsabilidad de tal estado de cosas a la industrialización. Las causas, sin embargo, cabe buscarlas en los movimientos migratorios de la población, por un lado, y la política fiscal, por el otro. Unos tipos de interés artificialmente fijados, por ejemplo, dificultaron la inversión de capital, mientras que los impuestos sobre los materiales de construcción encarecieron las viviendas.
 
En lo tocante al desarrollo del capitalismo en Estados Unidos y a su tratamiento por parte de los historiadores norteamericanos, Hacker alude a los prejuicios anticapitalistas extendidos entre estos últimos y ahonda en sus rasgos, sus fundamentos y sus implicaciones. A diferencia de los del viejo continente, los prejuicios anticapitalistas no eran aquí tanto de ascendencia marxista como producto de ideas socialdemócratas y fabianas y de un examen histórico viciado por juicios morales.
 
Hakcer se refiere en este contexto a la increíble influencia que ha ejercido tradicionalmente la disputa política entre el hamiltonismo y el jeffersonismo. Atendiendo a consideraciones más morales que económicas, señala Hacker, Hamilton fue asociado con el capitalismo y Jefferson (y Jackson) con el igualitarismo, motivo por el cual los historiadores anticapitalistas se sirvieron de la figura del segundo para divulgar sus interpretaciones. Fatalmente Hacker hace suya esta misma asociación, con conocimiento de causa parece, tomando partido por unas políticas que por muy capitalistas que se les antojen a sus detractores no son para nada liberales. Los federalistas, los whigs y luego los republicanos, de estirpe hamiltoniana, promovieron un gobierno central fuerte, un sistema monetario nacionalizado, ayudas estatales para las industrias nacientes (uno de los pilares del programa de Hamilton), aranceles protectores, planes de obras públicas... lo cual no les convierte en pro-capitalistas, sino más bien en mercantilistas. Jefferson y Jackson, por el contrario, fueron valedores de la corriente demócrata más anti-estatista, hostil al intervencionismo del gobierno federal y a la existencia de un banco central. El énfasis de Jefferson en los derechos naturales y la propiedad privada da cuenta de sus principios liberal-clásicos[8].
 
Si el desarrollo del capitalismo americano hubiera sido objeto de un adecuado tratamiento histórico, sostiene Hacker, contendría reveladoras enseñanzas para el mundo de hoy.
 
 
De Jouvenel: los intelectuales europeos y el capitalismo
 
Explica De Jouvenel que los procesos sociales son sensiblemente más complejos que los fenómenos físicos, y sin embargo se da la paradoja de que las gentes están menos dispuestas a reconocer su ignorancia en cuestiones sociales que en cuestiones de física. Los individuos de a pie no emiten juicios sobre acústica, electromagnetismo o termodinámica, pero muchos sí se creen capacitados para opinar sobre economía, a menudo incluso pomposamente. Lo que se echa en falta aquí es por supuesto un ápice de humildad y sensatez[9], virtudes olvidadas por no pocos historiadores.
 
El estudio del pasado lleva la impronta de las ideas del presente, afirma De Jouvenel. Por eso “la actitud del historiador refleja una actitud difundida entre los intelectuales en general” y para explicar el sesgo de los primeros debemos remitirnos a los segundos. De acuerdo con De Jouvenel, la disposición del intelectual con respecto al proceso económico es doble: por un lado ensalza las conquistas de la técnica y se congratula de que la sociedad goce de un mayor número de bienes, pero por otro lado considera que la industrialización destruye valores y comporta una ruda disciplina. Luego armoniza ambas ideas asignando a la “fuerza del progreso” aquello que le gusta y a la “fuerza del capitalismo” aquello que no le gusta. Asimismo cierta intelectualidad juzga las instituciones desde un punto de vista pretendidamente ético, sin atender a la correspondencia entre los efectos de dichas instituciones y el fin propuesto. Para ilustrar su tesis, De Jouvenel expone el caso de los estudiantes occidentales que, en tiempos de la Guerra Fría, argüían que el bienestar de los trabajadores debía ser el objeto de los gobernantes y, aunque era en Estados Unidos y no en la URSS donde aquel fin se había alcanzado, elogiaban a Moscú porque se alegaba que aquélla era la motivación del régimen soviético y no la del norteamericano.
 
Los intelectuales menosprecian al hombre de negocios porque éste ofrece al público lo que desea, mientras que ellos dicen al público lo que debe y no debe desear. “El hombre de negocios obra dentro del sistema de gustos y de juicios de valor que el intelectual debe intentar siempre cambiar[10], dice De Jouvenel. Por eso no es extraño que el intelectual se sienta identificado a menudo con el déficit: 
“Se ha observado que tiene simpatía por las instituciones deficitarias, por las industrias nacionalizadas financiadas por la Hacienda pública, por los centros universitarios que dependen de subsidios y donaciones, por los periódicos incapaces de autofinanciarse. ¿Por qué? Porque sabe por personal experiencia que siempre que obra como piensa que debe obrar no hay coincidencia entre su esfuerzo y la manera en que éste es acogido. (...) Puesto que la misión del intelectual es hacer comprender a la gente que son verdaderas y buenas ciertas cosas que antes no reconocía como tales, encuentra una fortísima resistencia a la venta de su propio producto y trabaja con pérdidas”[11].
Ya que el cometido de los intelectuales es pregonar la verdad, De Jouvenel destaca que “tendemos a adoptar respecto al hombre de negocios la misma actitud de superioridad moral que el fariseo respecto al publicano[12]. Pero el pobre que yacía en el camino, advierte, no fue socorrido por el intelectual (el levita) sino por el comerciante (el samaritano). Han sido especialmente los hombres de negocios y no los intelectuales los que han hecho posible el crecimiento exponencial del bienestar. Por otro lado, “servir a necesidades más elevadas”, apunta De Jouvenel, es una delicada responsabilidad. ¿Cuántos bienes de los que se comercian en el mercado puede uno considerar más o menos perjudiciales? ¿Acaso no son infinitamente más numerosas y devastadoras las ideas perniciosas que muchos intelectuales diseminan por doquier? Si los intelectuales se ven relegados a un segundo plano es porque otros satisfacen mejor las necesidades de la sociedad, aunque como dijera De Jouvenel, la máxima “dad al público lo que quiere” sea aplicable al empresario pero no a un buen escritor.
 
 
Ashton: nivel de vida de los trabajadores en Inglaterra desde 1790 a 1830
 
En este segundo ensayo Ashton empieza reconociendo que hubo varios economistas que en su día juzgaron con pesimismo los efectos de la industrialización. Así John Stuart Mill escribía en 1848: “Hasta este momento es discutible que las invenciones mecánicas realizadas hayan aliviado la fatiga diaria de cualquier ser humano. Han hecho posible que un número mayor de personas vivan la misma vida de ingrato trabajo y de reclusión, y que un número creciente de industriales y de otro acumulen riquezas. Ha aumentado el bienestar de las clases medias, pero hasta ahora no han comenzado a realizar los grandes cambios en el destino humano que está en su naturaleza y que están llamadas a efectuar en el futuro”[13]. Opiniones similares expresaron Thomas Malthus o J.R. McCulloch, junto con el coro de filósofos, conservadores, radicales, clérigos, poetas... que compartían una explícita aversión al sistema de fábrica. En el bando opuesto encontrábanse hombres igualmente distinguidos y con no menos afán reformador, como Sir Frederic Eden, John Wesley, George Chalmers, Patrick Colquhoun, John Rickman y Edwin Chadwick. En palabras de este último, la realidad fue más halagüeña: “Es un hecho que, hasta este momento [1842], en Inglaterra los salarios, o los medios para obtener lo necesario para vivir, han aumentado para el conjunto de los trabajadores, y los bienes económicos al alcance de estas clases han aumentado con el último aumento de población[14].
 
Ashton diferencia tres períodos en su análisis: el período de la guerra, el período de la posguerra y el reajuste, y el período de expansión económica. Durante la guerra el ingente gasto público improductivo redujo el bienestar de la población; la dificultad de importar alimentos motivó el desarrollo de cultivos marginales y los ingresos de los agricultores y los propietarios de parcelas aumentaron; la escasez de materiales de obra así como las elevadas tasas de interés y los impuestos sobre la propiedad refrenaron la construcción de viviendas en un momento en el que su demanda había crecido... En el período de reajuste subsiguiente los alquileres de las casas y el tipo de interés apenas disminuyeron. Al mismo tiempo se sucedieron quiebras bancarias, se contrajo el gasto público y hubo una reticencia generalizada a invertir a largo plazo. Si en el primer período las condiciones de los trabajadores empeoraron y en el segundo apenas experimentaron mejora, en el tercero se inició una tendencia de progreso. La vuelta al patrón oro, la reforma del sistema fiscal, el descenso del tipo de interés y de los alquileres, la superación de la escasez de la etapa bélica, la caída de los precios fruto de la reducción de costes... abrieron perspectivas de mejora para las masas trabajadoras.
 
Después de destacar la valía de los estudios de Norman J. Silberling, Elizabeth Gilboy, Rufus T. Tucker, Ashton pasa a criticar ciertos aspectos de su metodología y a señalar el ligero aumento del coste de los productos alimenticios así como la caída de los precios y el vasto aumento de la oferta en otros ámbitos. Disminuyó, por ejemplo, el precio de los vestidos, del té, del café y del azúcar. Las botas reemplazaron a los chanclos y se popularizaron complementos como los sombreros, los pañuelos o los relojes. Prosperaron las cajas de ahorro, las sociedades de mutuo socorro, los sindicatos, los periódicos y opúsculos, las escuelas, los templos no conformistas... todo ello reflejo de un notable progreso económico.
 
Por último cabe subrayar que Ashton distingue dos grupos de trabajadores: aquellos con escasa o nula especialización (agricultores, tejedores a mano...) que apenas participaron de las ventajas de la industrialización, y aquellos cuya productividad marginal se vio incrementada y gozaron de un poder adquisitivo más elevado.
 
 
Hartwell: el aumento del nivel de vida en Inglaterra de 1800 a 1850
 
El artículo de Hartwell es un compendio de datos y argumentos que respaldan la tesis de que el bienestar de la población aumentó extraordinariamente como consecuencia de la Revolución Industrial. Según las estimaciones de la época, la renta nacional inglesa se duplicó entre 1800 y 1850 (el crecimiento fue irregular, con un estancamiento durante la guerra y quizás un leve retroceso en los años 30). La producción industrial, de acuerdo con los datos de Hoffmann, aumentó a un ritmo del 3-4% anual durante el intervalo 1782-1855, mientras que para ese mismo período la tasa de crecimiento de la población fue del 1,2-1,5% anual. En este contexto es preciso señalar que la industria manufacturera, que en 1770 constituía un quinto de la renta nacional, pasó a representar un tercio del total en 1831. Hartwell destaca que “entre los factores que contribuyeron a aumentar la producción per cápita, los más importantes fueron la formación de capital, el progreso técnico y un aumento de las capacidades laborales y empresariales[15]. Los censos muestran que el porcentaje de familias dedicadas a la agricultura descendió siete puntos entre 1811 y 1831 (reducción del 35,2% al 28,2%). Paralelamente aumentó el número de empleados en el sector servicios (transportes, comercio, finanzas, administración pública, profesiones liberales...). Las cajas de ahorro, tras su creación en 1817, acumulaban unos depósitos de 14,3 millones de esterlinas en 1829 y de casi 30 millones en 1850, siendo la mayor parte ahorros de asalariados y artesanos. Las sociedades de asistencia y ayuda mutuas, unas 20.000 en 1858, llegaron a reunir cerca de dos millones de socios.
 
Hartwell también examina un conjunto de datos sobre productos alimenticios para concluir que el londinense medio en 1830 consumía semanalmente 5 onzas de mantequilla, 30 onzas de carne, 56 onzas de patatas y 16 onzas de fruta, cifras muy similares a las del consumo inglés registradas en 1959: 5 onzas de mantequilla, 35 onzas de carne, 51 onzas de patata y 32 onzas de fruta. P.L.Simmonds, que estudió las costumbres alimenticias inglesas a mediados del siglo XIX, afirmó que “el hombre inglés está mejor alimentado que cualquier otra persona en el mundo[16].
 
Debido a una alimentación más sana, unos hogares más confortables y una mayor higiene la población fue menos propensa al contagio de enfermedades como la tisis. Hubo asimismo avances sanitarios y las condiciones laborales de las fábricas mejoraron. R. Baker, uno de los primeros inspectores de fábricas, escribía en un ensayo para la Social Science Associaton de Bradford, refiriéndose al período 1822 –1856, que “todas las enfermedades típicas del trabajo de fábrica en 1822 han desaparecido casi completamente[17].
 
Desafortunadamente, sin embargo, Hartwell considera positiva cierta legislación que limitó la jornada laboral y restringió el trabajo de los menores, legislación innecesaria en la medida en que vino a sancionar una realidad ya establecida y contraproducente en la medida en que elevó los costes de los empresarios y rebajó la producción y los ingresos de las familias
 
Hartwell asevera que todos los indicios apuntan en la misma dirección: el nivel de vida aumentó para la mayor parte de la sociedad inglesa en la primera mitad del siglo XIX; lo que no significa que fuera un nivel de vida alto o que no hubiera grandes focos de extrema pobreza. Pero la miseria, el trabajo infantil y femenino, las adulteraciones alimenticias, las duras condiciones laborales... en absoluto constituían fenómenos nuevos. Precisamente la Revolución Industrial permitió su paulatina superación, algo inconcebible hasta entonces. Hartwell destaca además que en aquel período, en parte debido a las oportunidades económicas que surgieron, se inició una de las revoluciones sociales más notorias: la emancipación de la mujer.
 
 
Hutt: el sistema de fábrica a principios del siglo XIX
 
Hutt se propone examinar críticamente las principales fuentes de que se han servido los historiadores e interceder en algunas de las disputas más importantes sobre la materia. En primer lugar valora las declaraciones del Comité Sadler, que describen una espeluznante sucesión de crueldades, miserias, enfermedades y deformaciones que supuestamente afectaban a los niños que trabajaban en las fábricas inglesas. Tales declaraciones fueron recogidas con avidez por parte de los Hammond, Hutchins, Harrison y otros historiadores de renombre, a pesar de que en opinión de R.H. Greg se tratara de una “masa de declaraciones unilaterales y de groseras falsedades y calumnias... como probablemente jamás se había visto en un documento oficial[18]. El propio Engels, acervo adversario del sistema fabril, señaló que el informe “es claramente partidista, redactado con fines de partido por enemigos declarados del sistema industrial... Sadler se dejó traicionar por su noble entusiasmo y ofreció declaraciones falseadas y completamente erróneas[19]. Los industriales reclamaron una nueva Comisión, que dejó patente los embustes formulados por el Comité anterior. Se advirtió que la acusación de crueldad sistemática con respecto a los niños carecía por completo de base. De hecho se deducía de los informes de esta segunda Comisión que los maltratos que en ocasiones padecieron fueron perpetrados por obreros en contra de la voluntad de los patronos y sin su conocimiento.
 
En el Comité de los Lores de 1818 las declaraciones de los médicos corroboraron en general que la salud de los niños que trabajaban en las fábricas era por aquel entonces tan buena como la de los niños que no trabajaban en ellas. Interesante resulta asimismo el testimonio de Gaskell, médico hostil al sistema industrial que si bien censuró la degradación moral de los trabajadores, se opuso a la prohibición del trabajo infantil: “Mientras [los niños] no puedan recibir en casa una educación, y mientras se les deje hacer una vida salvaje, se encontrarán en cierto sentido en una situación mejor cuando se les emplea en un trabajo ligero, como es el que de ordinario les toca efectuar[20].
 
Hutt cuestiona que las fábricas alentaran la discutible degradación moral de los asalariados. Por un lado varios autores consideraron síntomas de decadencia comportamientos que a otros pudieran parecer más bien signos de progreso: el que los niños prefirieran golosinas a alimentos sencillos, el que las chicas compraran los vestidos en lugar de confeccionarlos ellas mismas, el consumo de té, el consumo de tabaco... Por otro lado Hutt apunta dos posibles causas que explicarían la aparente degradación moral: la primera, los altos salarios de los obreros, que podrían moverles a la intemperancia (tesis que sostienen enemigos de la industrialización como Thackrash o Gaskell); la segunda, que el declive moral fuera producto de la masiva inmigración irlandesa, con una tradición social menos arraigada.
 
Hutt enjuicia las condiciones laborales en las fábricas de acuerdo con los criterios de la época. Así, no deja de resultar ilustrativo el hecho de que “en los límites en que los trabajadores de entonces tenían la posibilidad de ‘elegir entre beneficios alternativos’, elegían las condiciones que los reformadores condenaban[21]. Los obreros tendían a preferir las fábricas porque allí era donde se ofrecían salarios más elevados. Al mismo tiempo, como algunos reformadores reconocieron, aquellas factorías que recortaban sus jornadas eran en ocasiones testigos de la marcha de sus propios obreros a factorías en las que se laboraban más horas a cambio de salarios más altos. En cuanto al trabajo de los niños, Hutt apunta que el afecto de los padres hacia sus hijos no era entonces menor que ahora, luego uno debe remitirse al contexto social de aquel período para entender porque las familias les enviaban a las fábricas. El apoyo de las clases pudientes a las restricciones legales del trabajo infantil “obedecía a una absoluta falta de comprensión de las dificultades que las clases trabajadoras tenían que afrontar. Mientras el desarrollo del sistema industrial no produjo un aumento general de la prosperidad material, estas restricciones sólo pudieron aumentar la miseria[22].
 
Hutt concluye que hubo una tendencia a exagerar los “males” de la Revolución Industrial, y que la legislación fabril no contribuyó de una manera esencial a la erradicación de estos “males”. “Algunas condiciones que con criterios modernos se condenan eran entonces comunes a la colectividad en su conjunto, y la legislación no sólo causó otros inconvenientes, no claramente visibles en los complejos cambios de la época, sino que contribuyó también a oscurecer y a obstaculizar remedios más naturales y deseables[23].
 
 
Conclusión
 
El estatismo es prolífico en mitos, y algunos están de tal modo consolidados que cuestionarlos implica exponerse automáticamente al menosprecio y a la marginación intelectual. El mito de la “democrática” Segunda República española, el mito de Lincoln el “libertador”, el mito del crack del 29 como “corolario del capitalismo irrestricto”... Impugnarlos a veces resulta no sólo políticamente incorrecto, sino políticamente grotesco.
 
“El Capitalismo y los Historiadores” desnuda el mito de los horrores de la Revolución Industrial. A lo largo de sus siete ensayos desenmascara las simples falsedades y las burdas exageraciones de que ha sido objeto la historia de aquel período, sugiriendo las causas que se esconden tras esta popularizada tergiversación de los hechos. El socialismo, no obstante, sigue empleando la Revolución Industrial como arma arrojadiza contra aquellos que secundan el mercado libre. Esta obra constata que no hay razón para que los liberales permanezcan a la defensiva. La Revolución Industrial, lejos de ser una muestra de los horrores del capitalismo, es un formidable ejemplo de los beneficios del libre mercado.


[1] Friedrich Hayek (editor), “El Capitalismo y los Historiadores”, 1997, pág. 23
[2] Íbid. Pág. 21-22
[3] Íbid. Pág. 23, citando a J.L. Hammond y Barbara Hammond, “The Bleak Age”, 1934.
[4]Los fenómenos complejos, engendrados por la concurrencia de diversas relaciones causales, no permiten evidenciar la certeza o el error de teoría alguna. Antes al contrario, esos fenómenos sólo resultan inteligibles si se interpretan a la luz de teorías previamente desarrolladas a partir de otras fuentes”, Ludwig von Mises, “La Acción Humana”, 7ª edición, pág 39.
[5] Friedrich Hayek (editor), “El Capitalismo y los Historiadores”, 1997, pág. 34. 
[6] Íbid. Pág. 40-41.
[7] Íbid. Pág 65.
[8] Sobre el mercantilismo de Hamilton, véase Thomas DiLorenzo, “The Rousseau of the Right”, 2004 (http://www.lewrockwell.com/dilorenzo/dilorenzo64.html). Sobre Jefferson y su defensa de los derechos naturales y la propiedad, véase Luigi M. Bassani, “Life, Liberty, and...: Jefferson on Property Rights”, Journal of Libertarian Studies, 2004 (http://www.mises.org/journals/jls/18_1/18_1_2.pdf). Para una síntesis de la historia del libertarismo jeffersoniano y jacksoniano, véase Murray Rothbard, “For a New Liberty: The Libertarian Manifesto”, 2002 (http://www.mises.org/rothbard/newliberty01.asp)
[9]It is no crime to be ignorant of economics, which is, after all, a specialized discipline and one that most people consider to be a "dismal science." But it is totally irresponsible to have a loud and vociferous opinion on economic subjects while remaining in this state of ignorance”, Murray Rothbard, “Making Economic Sense”, 1995.
[10] Friedrich Hayek (editor), “El Capitalismo y los Historiadores”, 1997, pág. 109.
[11] Friedrich Hayek (editor), “El Capitalismo y los Historiadores”, 1997, pág. 108-109. En palabras de Robert Nozick: “Los intelectuales piensan que son las personas más valiosas, las de mayor mérito, y que la sociedad debería premiar a la gente en función de su valía y mérito. Pero una sociedad capitalista no cumple el principio distributivo "a cada uno según sus méritos o valía". Aparte de los regalos, las herencias y las ganancias del juego que se dan en una sociedad libre, el mercado distribuye a aquellos que satisfacen las demandas de los demás expresadas a través del mercado, y lo que distribuya de este modo depende de lo que se demande y del volumen del suministro alternativo. Los empresarios fracasados y los trabajadores no sienten la misma animadversión al sistema capitalista que los intelectuales forjadores de palabras. Solamente la conciencia de una superioridad no reconocida, o de unos derechos traicionados, produce esa animadversión”, Robert Nozick, “¿Por qué se oponen los intelectuales al capitalismo?”
[12] Íbid. Pág. 110.
[13] Íbid. Pág. 114.
[14] Íbid. Pág. 115.
[15] Íbid. Pág. 145.
[16] Íbid. Pág. 162.
[17] Íbid. Pág. 174.
[18] Íbid. Pág. 183.
[19] Íbid. Pág. 184.
[20] Íbid. Pág. 190-191.
[21] Íbid. Pág. 198.
[22] Íbid. Pág. 199.
[23] Íbid. Pág. 203.
 
TOMADO DE: www.liberalismo.org